jueves, diciembre 08, 2016

Revolucionarios de sillón y activistas del click

Nos hemos vuelto bien quién-sabe-cómo pero no me caemos bien. Creemos que podemos cambiar al mundo poniendo un tweet quejoso o solucionar la hambruna mundial presionar el botón de share.

Hay de casos a casos y generalizar siempre hace popó cualquier argumento. Sin duda el botón de share puede ayudar a generar consciencia, como fue con el Ice Bucket Challenge y la esclerosis lateral amiotrófica o con nuestra tradición de pintar el mundo color Pepto Bismol cada octubre por el cáncer de mama. Si bien no se soluciona el problema, nos lo pone en la jeta para recordar que podemos revisarnos y prevenir.

Las redes sociales le han dado mucho poder –tantito demasiado, para mi gusto– al vox populi. Como péndulo, pasamos de la opresión sentimental a sentirnos superiores moralmente. Algunas marcas eran rete-abusivas con nosotros en la era pre-internet, pero ahorita, con tantita más voz, buscamos la revancha, sin freno de mano.

Nos sentimos bien empoderados porque sabemos que tiemblan con cada comentario negativo que se haga en público sobre su marca, pero a veces rallamos en lo purista y en lo absurdo: “¡Total! ¡Le estoy tirando caca a la marca de refrescos! Malditos cerdos neo-liberales”.

Se nos quita la vergüenza porque ningún mal viene de insultar a una lata de Coca. O sí. Porque hay personas y familias detrás de esa lata de refresco, que sí pierden su chamba por hacer un comentario desatinado como community manager, o incluso sin ostentar esa posición. Porque la mala publicidad afecta las ventas y la falta de ventas afecta la rentabilidad y la rentabilidad afecta al organigrama, que se ve afectado por un recorte de personal. Y sí, todo puede empezar con un comentario tan trivial en internet.

La neta es que heredamos muy bien eso del “chingado” desde aquellos días donde Hernán Cortés lo puso de moda. Tenemos memoria selectiva y olvidamos las atrocidades de la Trevi porque nos gusta La Papa Sin Catsup, pero no olvidamos que nos chingaron los europeos hace casi 600 años. Seguimos con resaca de la conquista, con una paupérrima autoestima nacional, con ese sentimiento de inferioridad que nos hace suculenta la venganza al establishment cada vez que tenemos oportunidad de nuestro lado, sin importar si tenemos la razón de nuestro lado.

Así que al primer cambio de luces salimos a darles hasta por debajo de la lengua por embriagarnos con esa imaginaria autoridad otorgada por Facebook y Twitter. Como buen oráculo, Andy Warhol predijo en 1968 que en el futuro todos podríamos tener nuestros 15 minutos de fama, pero de verdad que estamos usando esos 15 minutos para pura fregadera, ¿o no, Lady Polanco? ¿o no, Lady 100 pesos?

A veces –solo a veces– hay buenas intenciones en un comentario, en un like o en un share, pero de buenas intenciones está hecho el camino al infierno. Cuando algún conocido está desaparecido aprovechamos todos los recursos a la mano, pero ¿qué tanto sirve poner la foto del “Chanclas” (mi amigo imaginario) en Facebook para encontrarlo?

Creo que me preocuparía si funcionara esta estrategia. De verdad no logro trazar el camino de cómo puede funcionar. ¿Estamos esperando que la foto llegue al muro del secuestrador y huela nuestra desesperación como para causarle remordimiento de conciencia y liberar al “Chanclas”? ¿O le llega a un amigo del secuestrador y dice: “¡Ay, a huevo! Yo vi a ese güey en el sótano del Barbas la semana pasada que fuimos al póker en su casa”? Sé que en momentos de desesperación hacemos todo en nuestras manos pero no creo que quien lo haya privado de su libertad lo haya amarrado al quiosco de Coyoacán a plena vista pública como para que la publicación de Facebook sirva de algo.

Así es como hemos comotizado la inconformidad, queriendo cambiar el mundo un like a la vez siendo revolucionarios de sillón y activistas del click.

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