miércoles, marzo 23, 2016

La peor de las criaturas mitológicas

Cualquiera puede escribir y describir. Lo que separa a la gente que escribimos en blogs (que ya nadie lee, son más un champurrado de pensamientos personales, una diarrea de ideas -léase el nombre del blog-) de los que ganan premios Nobel de Literatura no está en el qué, está en el cómo.

La importancia de la buena literatura está en presentarnos cosas que incluso pueden ser grotescas y degradantes de manera atractiva y seductiva, como puede ser 50 Sombras de Grey (no que vaya a ganar un Nobel de Literatura, hasta en los perros hay razas).

No sólo sucede en los libros; la literatura rebasa las fronteras que impone el papel y la tinta. Las leyendas y cuentos míticos que si fueran descritos por un servidor (o sea yo, no un servidor de informática) serían un fiasco, un desastre.

Así como E. L. James logró hacer atractivo el sadismo y la sumisión en su libro, algún viejo logró venderle a los niños historias terroríficas que por su forma de exponerlas, lograron que los infantes las amaran.

Porque neta, ¿a quién se le hace atractivo que un hombre obeso de edad avanzada nos vigile mientras dormimos, cuando estamos despiertos y una vez al año entra a nuestra casa en la madrugada sin tocar la puerta?

Pero de todas las criaturas míticas que transgreden hogares sin consentimiento, Santa Claus no es el que más me causa la peor de las repulsiones al quitar el maquillaje literario.

Un roedor que es conocido por esparcir enfermedades como la rabia, se escabulle a la mitad de la noche, no sólo a tu casa, sino a tu cuarto. Se trepa a la cama mientras estás en fase REM de sueño profundo y se mete debajo de tu almohada -sí, tú sigues dormido mientras hay una rata junto a tu cabeza- porque su objetivo es traficar huesos humanos a cambio de dinero.

No imagino qué hace con tantos dientes. Nada benévolo supongo; tal vez voodoo, brujería de algún tipo o alguna clase de rito satánico. Imagino un lugar como el templo maldito de Indiana Jones, cuevas subterráneas con rezos de Kali Ma y los dientes de millones de niños adornando los muros. Escalofriante.

La cultura germana supo manejar mejor (bueno, menos peor) el tema. Sigue existiendo un traficante de dientes pero en vez de ser una asquerosa rata que vive en las cloacas, es un hada: the Tooth Fairy.

Nosotros nos limitamos a ponerle un simpático nombre; así como al narco más cabrón le decimos “El Chapo” y lo hace un personaje más amigable, que hasta Sean Penn quiere entrevistar, a la rata le decimos “El Ratoncito Pérez”, como si bautizarlo fuera a quitar la repulsión que genera su esencia y su línea de trabajo.

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