viernes, septiembre 18, 2015

La Muerte

…¡Lotería!

Ya, fuera de guasa.

Enojarse por la muerte es como enojarse por la puesta del sol. Es un ciclo natural inevitable. La muerte ni es buena ni es mala, simplemente es.

Para que haya vida debe haber muerte. O mejor dicho, para que haya muerte tuvo que haber vida.

La muerte no lastima al que se va, lastima al que se queda. Cuando el difunto descansa es cuando los vivos sufrimos.

Sufrimos porque la muerte le pega directo al egoísmo de los que nos quedamos. Sufrimos porque nos dejó atrás. Nosotros nos tenemos que quedar a soportar su ausencia.

No estamos enojados con la vida por su partida. Nuestro enojo “con la vida” por llevárselo es realmente enojo con nosotros mismos por no querer dejarlo ir. Egoísmo disfrazado de injusticia inexistente.

La muerte no es tragedia para el que se fue. Muchas veces tampoco lo es para los que se quedan. Sin embargo los protagonistas del velorio son los que se quedan, no los que se van. Lo que debiera ser una fiesta de despedida para el que emprende el viaje, se convierte en un lamento con foco en los que se quedan.

Me agrada que alguien que quiero, ahora descanse en paz. Bien merecido el sueño eterno después de tantos años de arduo trabajo en este plano. Brindo por ello.

Si amamos al difunto, amamos la paz que recibe el día de su muerte. Escojo anteponer ese sentimiento al del enojo.

Eso en cuanto al enojo. En cuanto a la nostalgia que produce su ausencia… con esa habrá que aprender a vivir. Ni modo.

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