jueves, julio 02, 2015

Zapatito blanco, zapatito azul

Es sábado por la tarde. Acabas de comer en algún restaurante con tu gente querida y el día se pinta como cuadro de Bob Ross: el cielo es más azul que las patas del pájaro piquero en las Islas Galápagos y hay árboles felices que resuenan con la brisa previa al ocaso.

Con un día así, se antoja una caminata para exorcizar al mal de puerco en la plaza más cercana –Coyoacán, Parque México o tu top of mind– acompañada de un gelato, que no es más que una forma mamona de llamarle al helado en italiano y cobrarte el triple sólo por eso.

Entras emocionado al local, con ganas de innovar, de ser diferente por un día. Esta vez quieres experimentar nuevos sabores en tu paladar, el helado de limón o de vainilla no son suficientes. El día merece el de pistache o tal vez el de pétalo de flor silvestre.

Entonces sucede. Miras levemente hacia abajo y ves más de 40 tipos de gelato, todos con colores exquisitos, pliegues perfectos que robustecen su cremosidad y texturas que catalizan tu antojo.

Estás en un pedo. Todos se te antojan. Opuesto al mostrador hay una señorita con actitud de me-lleva-la-verga-que-es-sábado-el-día-está-hermoso-y-yo-estoy-aquí-encerrada-trabajando a la cual jodes con regocijo pidiéndole probar más de una docena de helados para convencerte de hacer la mejor elección.

De pronto, el gran antojo por el pomposo helado se convierte en ansiedad. Hay tantas opciones que en vez de alegrarte, empiezas a sufrir. La razón es clara: con tanta variedad corres más riesgo de equivocarte. El riesgo de no elegir el mejor aumenta por cada sabor extra que descubres.

A eso se le conoce como la paradoja de la elección. Si te ofrecen entre helado de vainilla y de limón la respuesta será sencilla, no te provocará mayor conflicto existencial y serás feliz con la decisión que tomes. Tienes el 50% de probabilidades de equivocarte y estás en paz con ese porcentaje. Pero en Gelatos Luigi S.A. de C.V. hay 40 opciones, no importa cuál elijas, tu cerebro sabe que tienes el 97.5% de probabilidades de no haber escogido el mejor y eso te cohibe.

Hablando de elefantes rosas, existe algo denominado ceguera selectiva. La ceguera selectiva es cuando algo existe pero no lo ves porque no lo estás buscando. Como cuando te vas a cambiar de casa y en ese momento empiezas a ver millones de letreros en las calles de “se vende” y “se renta”. Según tú, antes no estaban ahí, no fue sino hasta que te interesó el tema que los empezaste a ver.

Hoy experimenté ambas cosas al mismo tiempo y no está chido. La combinación de la paradoja de la elección y la ceguera selectiva provoca las condiciones adecuadas para echarse de fondo un frasco de Prozac.

Resulta que soy como el coco, pero en vez de tener una coraza dura y un centro blando, tengo una coraza godinez y un yo-interno muy hippie. Eso provoca algunos conflictos de personalidad muy divertidos; el capítulo de hoy fueron los zapatos.

A reserva de que se avienten de un puente los fashionistas que lean esto, comprar zapatos representa una pesadumbre para mí. No lo disfruto, lo sufro. En cuanto a zapatos de vestir, sólo tengo un par que uso para el trabajo, que obviamente se desgasta mucho. Ningún otro par entra al quite de lunes a viernes, así que –eventualmente– empiezan a parecerse a los zapatos que usó Cantinflas en el largometraje de El Barrendero.

Hoy murieron esos zapatos. Empezaron a formarse hoyos en la suela que permitían el paso del agua en los charcos de esta ciudad. La piel de los zapatos ya parecía chicharrón prensado bañado en tinta de calamar. Así que fui al centro comercial por sus sucesores.

Mi primer descubrimiento fue el de la ceguera selectiva. ¿Cuántas tiendas de zapatos pueden existir en un centro comercial? ¿Tres? ¿Cinco? Recorrí sólo un pedazo del centro comercial y conté 21 zapaterías, sin contar las tiendas departamentales.

A ese descubrimiento le siguió muy de cerca la paradoja de la elección. ¿Cómo podré elegir el mejor zapato al mejor precio si tengo que recorrer quién-sabe-cuántas-tiendas y analizar quién-sabe-cuántos-zapatos? Al terminar el recorrido no iba a tener forma de recordar qué modelo y de qué tienda habrían los que me gustaron.

Por fortuna, la mitad de esas tiendas venden zapatos de $36,000 pesos, que ayudan a reducir a los candidatos. No tengo interés en andar pisoteando zapatos hechos con piel de unicornio, así que fui a ver otras tiendas donde no pensaran que soy un retrasado mental con mucho dinero.

Otro golpe de suerte fue la eliminación directa de los zapatos avant-garde. Creo que López Dóriga rebasa la raya de la decencia con sus calcetines churriguerescos, pero no sabía que la osmosis por la cercanía con los calcetines había contagiado esta moda a los zapatos. Muchos cuentan con suelas y agujetas de colores atrevidos que me facilitaron la discriminación.

Eso me dejó pensando: ¿Están tan de moda y yo los veo tan feos? Con esa pregunta vino mi tercer y último descubrimiento: No tengo ni la más pitera idea de la cultura del zapato.

Es un mercado que desconozco por completo. No sé cuál es la tendencia y no sé reconocer un buen zapato de uno chafa. Habían zapatos de $6,500 que me parecían de mal gusto y mala calidad y otros de $750 que me parecían hermosos y con clase.

No entiendo la industria millonaria detrás del calzado cuando la mitad del zapato queda cubierto por el dobladillo del pantalón y pasa la vida desaprecibido. Por otro lado, no concibo a una sociedad con el fetiche tan extraño de estarle viendo los pies al prójimo, según yo, nadie voltea a ver tus pies.

Terminé por comprar los que se me atravesaron cuando me di cuenta de que ya me había cansado. Si alguien me voltea a ver los pies y hace alguna expresión de desprestigio por mis nuevos zapatos, me veré en la penosa necesidad de hacerle el sonido más naco de mi barrio y bajarlo por los chescos por andar de mirón: ¡muah!


Post-Post: Existen muchas formas de escribir la onomatopeya de un beso, o en este caso, de cuando alguien se baja por los chescos. Algunos usan “muah”, otros “smack” o “smuack”. En thai utilizan “chup”, en alemán, “schmatz”, en griego “mats-muts” y en japonés “chu”. Lo que casi nadie sabe es que existe un fonema que replica el sonido exacto, y se escribe así: ʘ

Aquí su descripción y sonido: Link

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