martes, abril 07, 2015

Regalos

Nunca supe cómo expresarlo pero siempre lo sentí.

Bueno, no siempre. De pequeño no. Porque de pequeño sólo los recibes, nunca los das. Bendita edad que justifica ese egoísmo.

Mi aversión hacia la tradición de dar y recibir regalos fue expresada bellamente por Sheldon Cooper, cuando dijo:

Toda la institución de dar regalos no tiene sentido. Digamos que voy y gasto 50 dólares en ti; es una actividad laboriosa porque tengo que imaginar lo que necesitas, mientras tú sabes perfectamente qué es lo que necesitas. Podríamos simplificar las cosas y simplemente darte el dinero y tú harías lo mismo en mi cumpleaños; y así sucesivamente hasta que uno de los dos muera, dejando al otro 50 dólares más rico. Y me pregunto ¿vale tanto la pena?

Me podrán incrustar los adjetivos de siempre –hater, grinch, repelón, quejoso– pero todos han tenido ese nefasto sentimiento en un intercambio. Como indica la Ley Universal del Regalo expuesta y comprobada por el filósofo y maestro Huatchernicus en el año 2,000 a.C., siempre recibirás un regalo de menor precio y calidad al que des: Pasas las horas en un centro comercial que vomita personas en vísperas navideñas y gastas $800 en un regalo que te gustaría recibir porque lo consideras más bello que un unicornio vivo. Llega el intercambio y el insolente que te da a ti te regala un espantoso suéter tejido de Suburbia de una talla ajena, con un valor no superior a los $150.

Hubo un lugar común horrible durante la década de los noventa e inicios de los dosmiles –¿dosmiles? Todavía no me gusta cómo suena–. Discos y películas de Mixup. Cualquier regalo se limitaba a estas dos cosas. Amo las películas y la música, pero básicamente se convertía en un vale de canje para ir a cambiarlo por la película y música que a ti te gusta, porque no eres exactamente un fan de Doctor Zhivago ni de Kabah.

Incluso en el 2015 hay quien sigue regalando películas… ¡¡¡en DVD!!! ¡Como animales salvajes! No te dan un cassette Beta porque ya no existen, pero no es una batalla ganada, así regresaron los discos de acetato.

Pero en esta década –¿Los dieces? ¿Cómo se dice? No la hemos bautizado aún– ya ni el esfuerzo hacemos por escoger un título de película o un álbum. Se reduce a una tarjeta de iTunes:
-Toma esta tarjeta de iTunes.
-Muchas gracias, toma la tuya.

Básicamente, te doy dinero a ti y tú me das dinero a mí. Si nos viera un ser de otro planeta podría regresar a casa diciendo que no encontró vida inteligente en la Tierra.

¿Qué esperanza podemos tener si al hijo de Dios, al Mesías, al Rey de reyes, le trajeron incienso y mirra? ¿Qué chingados esperaban que hiciera con eso? ¿Prender el incienso y ponerse a meditar después de sus clases de yoga? ¿Y la mirra? ¿Qué mierdas es eso? ¿Por qué Jesus bebé  querría la resina de la corteza de un árbol? Seguro al pinche Melchor se le olvidó comprar algo y la arrancó de un árbol afuera del pesebre para no llegar con las manos vacías y hacer el ridículo junto a Baltasar, que traía oro. Ese güey sí se lució.

Hemos llegado al absurdo de pedir el regalo. Y abusados, estoy diciendo pedir EL regalo, no UN regalo. En las bodas ya ni siquiera esperas a que alguien busque el regalo perfecto para ti, porque acabarías con veintisiete licuadoras. Ahora tú le dices a la gente qué quieres que te regale. Si bien es práctico, mata todo el espíritu de un regalo. Las mesas de regalos de bodas ya son simplemente una canasta de limosna como las que se pasan en las iglesias.

No conformes con las mesas de regalos de boda, ahora las hay para bautizos, primeras comuniones y XV años. Estoy pensando seriamente abrir una para celebrar el aniversario del día que pedí una pizza, llegó después de 30 minutos y fue gratis.

No me consideren un monstruo egoísta. Amo dar regalos. Pero no cuando estoy obligado por una tradición social: cumpleaños, navidad, día de las madres, bodas y hasta por el hecho de haber viajado al extranjero me veo en la obligación social de traerte algo. No mames. Ya no son los viajes de Lewis & Clark. La globalización, el libre comercio y las nuevas tecnologías permiten acceder a cualquier producto del planeta desde tu hogar; ya no hay valor en traer un objeto exótico de tus viajes, acaba siendo un pinche llavero o pluma con el nombre de la ciudad visitada que bien pudo ser impresa en la calle de Isabel La Católica en el centro del Distrito Federal.

Me encanta ir caminando por la calle o un centro comercial y encontrarme con un objeto que me recuerde a una persona o que sepa que lo estaba buscando. Ese es el regalo perfecto. Bien dice Carlos Ruiz Zafón: Los regalos se hacen por gusto del que regala, no por mérito del que recibe.

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