miércoles, abril 29, 2015

¿Qué hacía la gente?

Durante muchos años intenté hacer ejercicio por las mañanas. Nos han vendido que es una rutina muy saludable, que nos da energía durante el día y por la noche nos hace dormir mejor.

Se dice, también, que para crear un hábito se necesita repetirlo durante veinte días, veintiuno, treinta, sesenta... no se ponen de acuerdo cuántos, pues. La realidad es que lo intenté y fracasé miserablemente. Primero, porque lograr veinte días –veintiuno, treinta, sesenta– sin faltar es más difícil de lo parece; segundo, porque cuando después de muchos intentos fallidos que lo logré, descubrí que no era más que B.S. (bullshit por sus siglas en inglés, o sea, pura mierda).

Nunca logré acostumbrarme. Todo iba en contra: despertarme dos horas más temprano, no desayunar antes porque lo vomitas en el ejercicio, apurarte a hacerlo porque con el tráfico te comiste el tiempo, llevar una maleta y un estorboso porta-trajes, vestirte con tanta gente alrededor...

Entonces descubrí el turno nocturno.

En éste, todo funciona bien. No me tengo que despertar antes, desayuno, hago ejercicio sin prisa, ayuda a que se disipe el tráfico de la hora pico por las noches, no tengo la necesidad de un porta-trajes y la ropa sucia puede arrugarse sin miedo ni dolo. Lo mejor de todo es que ayuda a escupir todo el estrés acumulado en el día.

Ese tiempo de ejercicio es sagrado, al menos para mí. No con la obsesión del adicto al gimnasio que come atún en los casilleros y bebe menjurjes de polvos con leche, sino que es el único momento del día donde no cargo con el teléfono y me desconecto de cualquier contacto humano.

Así, toda la rutina cambia; no sólo llevar un porta-trajes o erradicar el miedo a llevar calcetines azules cuando debieron ser negros. Los B.M. (bowel movements por sus siglas en inglés, o sea, ir a cagar) también cambian. Somos seres de rutina y acostumbramos a nuestro cuerpo a ciertos horarios.

Nadie quiere estarse pedorreando en la elíptica, menos en la alberca donde las burbujas te delatan. Por lo que el mejor momento para atender estas necesidades básicas es previo a ejercitarse.

Aquí –sí, todo lo anterior era solo el preámbulo– es donde está mi reflexión. Una vez que te pones la ropa adecuada y dejas todo tu día en el casillero (figurada y literalmente) pasas al retrete, como pit stop previo a ejercitarte.

He encontrado esta actividad un tanto sorprendente, porque –aunque todos lo nieguen– llevamos siempre al baño a un fiel compañero: el teléfono. En el caso del gimnasio, no es así. Él se quedó, muy bien portadito y sin hacer bullicio, en el casillero.

¿Qué hacíamos antes en ese tiempo? Recuerdo que hace no más de 10 años entrábamos con el celular para jugar con la viborita (del celular, con tu… con la del celular, pues). Antes del teléfono estaba el Tele Guía o alguna revista de igual o menor calidad editorial.

Ya si de plano no había ninguna lectura en papel a tu alcance, leías todas las etiquetas de productos a tu alrededor. Ahí aprendimos dónde se distribuye la pasta Colgate a nivel panregional, cómo debemos afeitarnos de manera adecuada y enjuagar la boquilla con agua tibia después de usar el gel de rasurado, así como sabernos de memoria qué productos tienen aloe-vera en sus ingredientes.

En el baño del gimnasio perdemos todas estas prácticas antropológicas. Estamos encerrados sin nada que diverja nuestra atención. No hay nada que leer más que la marca de papel higiénico en el rollo de 2 kilómetros que pende de la pared, enrollado como boa en lo más interno del Amazonas.

Esporádicamente –si vas a un Sport City– y comúnmente –si vas a cualquier gimnasio que tenga la palabra “Fitness” en su nombre– puedes encontrar algunas pinturas rupestres en la pared con alegorías y trazos sexuales muy explícitos, pero el entretenimiento acaba antes que tú.

¿Qué se hace entonces? ¿Meditar?

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