viernes, abril 24, 2015

La diferencia entre estar a la vanguardia y ser estúpido


A esta gráfica se le conoce como la curva de campana de Rogers. Este modelo dice que el 2.5% de la población son los encargados de innovar. Después sigue un 13.5% que son los primeros en seguir esa innovación, esos voceros de las nuevas tendencias y de los nuevos productos.

En el otro extremo están los laggards (rezagados), esa especie que todavía usa un teléfono Nokia, no tiene perfil de Facebook y le tiene miedo a la computadora como si fuera el espíritu de Jack el destripador.

Toda la enorme bola del centro son los borregos, unos más apresurados que otros.

¿Dónde me encuentro parado yo? Puta… no sé que es más difícil de contestar, si esa pregunta o la de si soy diestro o zurdo –a la fecha no sé, para tantas cosas soy diestro, para tantas soy zurdo, para otras ambidiestro y para la mayoría soy un inepto; pero eso es tema de otro día–.

En algunas cosas me considero innovador y early adopter. Luego me doy cuenta que no es tan cierto. Para otras soy un rezagado con doctorado: sigo yendo a Mixup a comprar discos de música y películas en BluRay y DVD.

El gran pedo de la vanguardia es que la tendencia es pagar por tener todo sin hacerte de nada. Es pagar infinita e indefinidamente una renta por cosas sin nunca ser dueño de ellas.

El Oscar al ridículomás grande se lo lleva John Deere y General Motors, que ahora argumentan que no puedes ser dueño del tractor que compraste, sino que ese pago te da el derecho a usarlo por la vida útil de la máquina, pero que no te pertenece. ¡Mier-da!

Las industrias de tecnología y entretenimiento van por la misma línea. Pagar la renta de Cablevisión y de Telcel todavía parece coherente, pero donde ya sueno rete-laggard es con toda la tendencia de cobrarte una renta mensual y no hacerte dueño de nada, nunca.

Ante Netflix sucumbí, porque muchas series y películas las quiero ver una sola vez y ya. En ese sentido, Netflix me ofrece por una módica cantidad, una ventana de contenidos que quiero ver pero no quiero poseer, es mi nuevo Blockbuster.

No siento lo mismo, por ejemplo, con Spotify. No quiero escuchar una canción y no volverla a escuchar nunca más. Quiero tenerla disponible para cuantas veces quiera escucharla. Aquí dependo de que Spotify siga negociando año con año con mis artistas favoritos. Si Spotify desaparece (como le pasó a Napster, a Limewire y a iMesh) me quedaré con las manos –y la cartera– vacía.

La idea de que ahora Youtube ofrece un servicio sin anuncios a cambio de un pago mensual –por ver videos de gatitos, no mames– simplemente me aterra.

No sólo es con proveedores de contenido, también con su almacenamiento. Amazon y Apple lo saben. Ya no te venden un iPod con muchísima capacidad, ahora la reducen para cobrarte una renta por un espacio en la nube, lo cual es en extremo ridículo, porque no se conforman con rentar el contenido, sino rentarte por almacenar el contenido que ya es tuyo.

Por eso –sigo de luto– desapareció el iPod clásico. No era negocio venderte un aparato tan bueno y con tanta capacidad, porque sólo comprabas uno nuevo si se te perdía o rompías el tuyo. Ahora te venden una madre que dura dos años y no le cabe nada de información, para que compres un nuevo aparato y pagues indefinidamente una renta mensual por espacio.

Los idiotas somos nosotros, por comprarles el juego. Suena increíble tener cualquier canción o película a tu disposición por solo $99 mensuales pero estamos a expensas de que esas empresas sigan ofreciendo ese servicio o de que sobrevivan; mientras tanto nosotros nos hacemos de pasivos fijos (gastos, en idioma terrenal) mensuales sin adueñarnos de nada.

No soy laggard, simplemente prefiero la libertad de ser dueño de lo que quiero en vez de tener la oportunidad de pagar menos y no ser dueño de nada. Como bien decían los abuelos: “Hazte de una buena tierra, ‘mijito… no rentes”.

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