miércoles, diciembre 10, 2014

Soy villamelón

Querido Necaxa,

Hace poco más de veinte años me enamoré de ti. Tuvimos unos grandes años juntos, pero después cambiaste. No eres el mismo que solías ser, ya no te reconozco. Siento que estoy con un completo extraño. Es por eso que he decidido dejarte. Me voy a casa de mis padres, me llevo a los niños y al perro. Por favor no intentes reconquistarme, mi abogado te llevará los papeles del divorcio.

Sin amor, Juan Pablo



Décadas atrás, nuestra sociedad era muy diferente. Un divorcio era satanizado. No importaba si tu esposo se acostaba con la secretaria, si tu esposa estaba loca, o que ya fueran dos extraños durmiendo en la misma cama. No importaba que él la golpeara a ella o que ella lo manipulara a él. El divorcio no era opción porque el señalamiento social era más pesado que vivir con esa persona.

Qué castigo tan grande es joderse la vida entera por una mala decisión tomada hace tantos años. Vida sólo hay una y puede ser una pesadilla vivirla con la persona equivocada.

Hoy un fanático al futbol se divorcia más fácil de su mujer que de su equipo. Incluso en algunos círculos, le aplauden por dejar a la primera pero lo crucifican por villamelón si se divorcia de su equipo. Y esa es una cruz que no quiere cargar.

Para un típico fanático del deporte la cosa no pinta muy bien. No le perdona una infidelidad a su pareja pero le perdona a su equipo todo tipo de atrocidades.

La única razón que existe para no cambiar de equipo tiene un interés unilateral, el del equipo en cuestión. Es el único interesado en que no cambies de colores… y tú les has comprado su teatrito.

Ese Necaxa del que me enamoré, no existe. Por ahí alguien compró la licencia para mantener el diseño gráfico de un logotipo y los derechos de un nombre, y de paso se lo llevó a Aguascalientes. Una transacción económica a cambio de un producto, tan básico como ir al puesto de la esquina y comprar una Fanta.

Pero somos rete-idiotas. No es la misma institución, no es el mismo equipo, no son los mismos jugadores y no es la misma filosofía, sin embargo “algo” me obliga a irle en las buenas y en las malas. Sueno a esposa golpeada, de esas que se dejan pegar con tal de que no las dejen.

Un equipo no es una institución. Es una entidad legal con bienes y activos que cambian cada año (sus jugadores, por ejemplo). Si cambia con el paso de dos o tres años a todos sus jugadores, estás apoyando a una entidad corporativa que gana dinero y paga impuestos.

Es tan estúpido como comprar shampoo Ricitos De Oro y no cambiar a Folicure porque Ricitos De Oro es el que comprabas desde pequeño.

No importa que te estés quedando calvo y necesites otro shampoo. Seguirás comprando Ricitos De Oro porque sino Grissi (dueños de esa marca) te va a señalar como un villamelón por cambiar de shampoo.

Lo más cabrón es que tú lo permites y estás de acuerdo con ellos. Eres una esposa golpeada sumisa.

Algunos dirán “pero le voy al Santos de Torreón porque allá nací y son mis raíces”. Ajá, y el dueño de ese equipo es Grupo Modelo, un corporativo que venden cerveza y que ya ni siquiera son mexicanos desde que los compró Anheuser-Busch InBev. Tus raíces están en Torreón pero las de tu equipo están en Leuven, Bélgica. Pero seguimos hablando de lealtad a la institución.

Recuerdo al Real Madrid de hace 25 años. Un equipo formidable, con Hugo Sánchez y Emilio Butrageño. Un equipo que caía bien. Luego llegó Davor Šuker y otros, mientras que el Barcelona traía a puro holandés insufrible y despreciable.

Los años pasaron y en Barcelona trajo a un agraciado Ronaldinho, después a Pep Guardiola como técnico, a Rafa Márquez, a Messi, que siempre sonríe. Mientras tanto el Real Madrid se llenó de insufribles como Cristiano Ronaldo, Pepe o Mourinho en la dirección técnica.

Los estatutos sociales me prohíben que me caiga bien el Barcelona cuando de chico le iba al Real Madrid, pero la realidad es que me caga el Real Madrid y el Barcelona me cae bien, me identifico más el día de hoy.

Mañana probablemente se cambien de nueva cuenta los papeles, o los dos me caigan mal. Tal vez los dos me caigan bien, como me pasó con Federer y Nadal cuando sus duelos eran épicas batallas dignas de contarse por un trovador posmoderno. Después Nadal me cayó mal. No hay nada de malo con eso.

No me hace bipolar, no me hace villamelón y no me hace convenenciero. Mucho menos un traidor de patrias corporativas.

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