lunes, septiembre 08, 2014

Un plato de ostentación con un toque de mamonería

Las bodas. Finalidad bacanal con pretexto de enlace donde todo pretende ser más de lo que es. Los grandes peinados, los mejores vestidos, los arreglos florales en otoño y la comida. Ay, la comida.

Independientemente de las quejas comunes –la sopa estaba fría, la carne estaba seca, el pollo estaba crudo–, la comida de las bodas ostenta ser más de lo que es, al igual que todo lo demás en esta moda marital del despilfarro.

Y es que sí, no importa si eres Mayita o Les Croissant’s, todos tienen algo en común: los nombres mafufos con los que bautizan a la comida de las bodas.

Tal vez es parte del encanto, parte de la fantasía que generan las bodas. Esa quimera de princesa de Disney, donde la gente llega con sus mejores galas, en carruajes al castillo real, con invitaciones que alcanzan medidas de 40 centímetros de altura.

Cuando te sientas, hambriento después de la espera por la boda religiosa, el civil y el coctel mata-tiempo a rayo de sol, lo primero que haces es comerte el pan que no te corresponde –era del güey que se sienta a tu lado– y ver el menú que estás a punto de embutirte.

En ese momento te invade un sentimiento analfabeta, te recuerda porqué reprobaste la clase de reading comprehension en primaria: ¡No entiendes un culo lo que estás leyendo!

Es que entre tanto alarde de elegancia, se les hace naco servir chicharrón en salsa verde. En cambio sirven corteza de cerdo en salsa esmeralda. Que es la misma pinche chingadera pero con nombre más bonito.

La confusión continúa con palabras ajenas a la cocina. Una exquisita verbena de verduras bajo una fina cortina de emulsión salseada es una chingada ensalada con vinagreta. Nada más ni nada menos.

Al principio me invade un sentimiento de ignorancia. Luego respiro y me doy cuenta que el platillo de crepas de maíz con patatas y empotrado de lechón a la paprika y chile guajillo son unos soeces tacos de canasta, con papa y longaniza. Muchas veces más ricos que los platillos exóticos que suelen servir.

De por sí ya es mamón que le llamemos papas a la francesa a unas papas fritas, pero las bodas lo llevan a otro nivel. La sopa de fideo recibe el nombre de Capelli D’Angelo al pomodoro con esencias de chipotle. ¡No pinches mames!

Si la cocinera es Doña Chona, el platillo se llama cerdo en verdolagas. Pero no ha de ser Mónica Patiño porque el mismo plato jodido sería entrecot porcino con hojas verdes en espejo de salsa de tomatillo y chile serrano.

Ya luego de dos o tres bodas le vas agarrando al pedo. Ya no te dejas intimidar tan fácilmente. Cuando lees que habrá de comer una selecta baguette caribeña con finas láminas de carne di maiale, no te asustas. Sabes que te van a dar una torta cubana y a chingar a su madre.

¿Suprema de pollo con texturas cítricas y una degustación de compota de mela? ¡Bah! Pechuga de pollo con limón y puré de manzana, ese de lata de La Costeña.

No importa si el ingrediente es mexicano, si lo dices en francés o italiano le das al comensal un sentimiento de internacionalidad y cocina fusión sin igual. Entonces la sopa de frijol se bautiza como emulsione di fagioli con crocantes de maíz.
Una paella de mariscos no necesita mayor presentación, por naturaleza ya es exótica, pero si quiere pertenecer al club de los menús de bodas debe cambiarse el nombre por risotto con aroma de azafrán y frutos del mar.

Más que chefs son creativos de la lengua. Expertos en el diccionario Larousse para poder tomar a una pechuga de pollo con puré de papa y ostentarla como magret de pollo zarandeado en pangrattato guarnecido con mousse de patatas. ¿Ya me van agarrando el pedo?

Hasta los platillos más asquerosos los hacen irresistibles al oído: Un foie d’cipolla flanqueado de cortezas de patatine fritte suena suculento, pero cuando te enteras que están hablando de hígado encebollado con papas Sabritas se te baja la erección culinaria.

Un crêpe crocante de mijo con bálsamo agrio de leche en capelli es un volcán con queso Oaxaca. Zarzuella criolla suena a un platillo español de alcurnia, pero realmente es un vil estofado de carne y pollo.

Incluso puedes retomar esta práctica y sorprender a tus invitados en casa. Diles que les vas a cocinar una juliana de pollo tierno en salsa a base de chiles y especias escoltado por un timbal de selectas hortalizas. Ya que lleguen te la van a recordar por haber pasado al Chilli’s por fajitas de mole y ensalada de verduras.

Los postres no se quedan atrás. Hace una semana fui a una boda donde ofrecían un apetitoso lingote cítrico sobre una cama de salsa a base de frutos exóticos del bosque. Cuando llegó el plato era un pie –¿pay?– de limón con mermelada de fresa. Como el de Vips que venden en la sección de congelados en el Walmart.

Una palanqueta de cacahuate cubierta con chocolate recibe el nombre de crujiente de maní al piloncillo con una capa de cacao endulzado.


Las bodas de pueblo podrían retomar toda esta idea para verse más distinguidas sin necesidad de gastarle más. No sería necesario echar humo en la pista o traer un pastel de tres pisos para mostrarse de alcurnia, podrían servir el mismo atole champurrado de siempre simplemente por nombrarlo sublimado de maíz al cacao con leche y nieve de canela.

1 comentario:

Huatch dijo...

Hoy fui a una boda, y esto había de comer:
- Capelli di Angelo a la napolitana (spaghetti con jitomate)
- Pollo orgánico marinado con salsa de chocolate y chiles desecados (pollo con mole)
- Entrecote deshebrado con cebolla caramelizada y reducción de tomates (tinga)
- Braseado de res cocido a fuego lento y perfumado con chilaca deshidratada (medallones)
- cachelos con embutido de lechón, adobado y especiado (chorizo)
- Julianas de poblano aderezados con salsa blanca y perlas doradas (rajas con elotes)
- Risso al pomodoro (arroz con jitomate)
- Cocido de legumbres con esencia de epazote (frijoles)
- frutas de temporada cubiertas de frosting sucre (fresas con crema y azucar)