viernes, septiembre 26, 2014

Si se pudo abolir la esclavitud, se puede abolir la propina

Odio dar propina. La propina es una costumbre repugnante.

Puedes llamarme tacaño, codo o egoísta. No importa. Odio dar propina. No es por tacaño, ni por codo, ni por egoísta; sino porque es un sistema ilógico, injusto y arcaico.

A mí nadie me da propina. Ningún cliente con el que trato me dice “muy buen trabajo, toma este dinero extra, en efectivo y libre de impuestos”. Los incentivos extras a un sueldo (bonos) deben venir de la empresa, no directamente del cliente.

La propina es la forma más sencilla en que los restaurantes y otros establecimientos se lavan las manos de la obligación con sus empleados. Convierte a los clientes en co-empleadores. No, gracias. Yo quiero comer, no pagar sueldos. Vine a tragar, no a pagar nómina.

Estamos promoviendo el comercio informal. No conozco la cifra, pero millones de pesos se reciben y se dan sin pagar impuestos anualmente como propina. Yo tengo que pagar impuestos de lo que gano y lo que compro. ¡Hasta pago impuestos sobre la propina! Sí, porque estás dando el 15% de propina sobre la cuenta y esa cuenta incluye impuestos. Estás dando el 15% de propina del 16% que pagaste de impuestos por lo que acabas de comer. ¿Lo habías pensado alguna vez?

La mayoría deja el 15% en México por pena; porque no quieren parecer avaros frente al resto de la mesa o al mesero. Me ha tocado ver muy malos servicios, me ha tocado que no tengan el platillo de la carta, que tarden horas en servir, no encontrar a un mesero durante 10 minutos para pedirle algo y aún así la gente deja el 15% de propina. Las propinas son gratificaciones, libres de obligación.

Y el porcentaje de propina ni siquiera es el problema real. El problema real es que los restaurantes y establecimientos no están pagando a sus empleados un sueldo digno.

Cuando la costumbre de dar propinas llegó al continente americano hace poco más de 100 años, se consideraba soborno, incluso se prohibió por algunos años. Y sí. Es soborno, a posteriori pero soborno a final de cuentas: Te pago más si haces mejor el trabajo que de todas maneras deberías hacer bien de inicio.

Por otro lado, no sabemos si la propina se está dividiendo de manera equitativa. Estás confiando en la ética del mesero –que muchas veces sugiere que la propina sea en efectivo– para que se divida de manera adecuada con el garrotero, cocinero y demás personal. Bien puede decir que dejaste menos y quedarse con un pedazo más grande, no es ciencia cuántica.

Hay muchas formas de acabar con la nefasta práctica de la propina. La mejor es que ya esté incluida en el precio final, porque obligas a que se paguen impuestos por ese pago a cambio de un servicio. Además evita el dolor de cabeza generado por las matemáticas. Es tan molesto como comprar algo en Estados Unidos, donde tienes que estar haciendo constantes sumas y multiplicaciones para sacar el costo final por culpa del tax. Tan fácil como en México, que el IVA ya está incluido en el precio total.

Otra forma de erradicar tantas irregularidades y subjetividades es un monto fijo de propina, no un porcentaje. La propina no está ligada a la calidad en el servicio, sino al precio de los platillos.

¿Si pido caviar te tengo que dar más dinero que si pido una hamburguesa? Para darme caviar sólo tuviste que abrir la lata, para darme una hamburguesa tuviste que prepararla, capa por capa, cuidar la cocción de la carne y que el pan esté en su punto para no ponerse duro, rebanar el jitomate y la cebolla, lavar la lechuga, poner el queso y el tocino. Sin embargo, actualmente dejamos considerablemente más propina por pedir caviar que por pedir una hamburguesa, por el simple hecho de que el caviar es más caro como producto.

Tan arcaico es el sistema de propinas como el sistema gringo de medidas. Carece de sentido pero la tradición nos ciega de la incoherencia. La rutina es el cáncer de la evolución.

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