jueves, junio 19, 2014

El Regreso del Turista Emprendedor

Mi primer post en este blog se llamó El Turista Emprendedor. Allá en mayo de 2008 me aventuré a escribir sobre los viajantes y sus características actividades en los aeropuertos y aviones.

Dicen –quien sabe quien, pero alguien– que segundas partes nunca fueron buenas, pero esto no es una secuela. Esto es un extended cut, esto es un “me quedé corto al describir los comportamientos propios del turista emprendedor”.

Un turista emprendedor no es cualquier turista, son aquellos que le echan ganas en ser turistas, distinguidos entre la multitud.

Es aquel que viaja arreglado como si fuera a un coctel nocturno. Prefiere imagen sobre comodidad, como si un descubridor de talentos de Hollywood lo fuera a spotear. Es el que, con tantos artilugios encima, tiene que pasar por la banda magnética catorce veces en lo que se quita un anillo, el otro, el collar, el cinturón, los zapatos con hebilla, las monedas en el bolsillo, la cartera, los lentes… Además de que ya utilizó cuatro canastillas para todos los bultos que carga, porque no conoce el significado de “equipaje documentado”.

El turista emprendedor no conoce la etiqueta social y carece, como neandertal, de rastros cívicos. En la puerta de embarque vive colgado del mostrador preguntar cuanta ocurrencia tiene: que si el vuelo viene demorado, que si puede pasar con cuatro bultos, que si ya están las maletas en el avión.

Cuando por fin está lista la aeronave para abordar, solicitan por el altavoz que se acerquen los pasajeros de la fila 15 a la 25, pero este neófito del orden se forma en chinga, como si el avión lo fuera a dejar o los asientos no estuvieran ya asignados. ¡No mames! No vas a ir parado agarrado de un tubo; es un avión, no el metro Ermita Iztapalapa.

Mientras espera el abordaje, tiene la extraña necesidad de hablar con altos decibeles con las personas que viaja o por teléfono. Siente que el resto de la sala debe escuchar su anécdota, como si fuera celebridad. Relájate mano, a nadie nos interesan las calamidades de tu viaje.

Como es de adivinarse, si el turista emprendedor no sabe esperar a que mencionen su asiento para abordar, menos va a tener noción de orden para salir del avión. Apenas suena la señal y ya se está parando, como alma que lleva el diablo, para bajar primero. Nunca, en 30 años, he visto que alguien logre bajar primero por pararse en chinga. Nunca. Ni una vez. Na-ah.

¿Le pica el cinturón de seguridad? ¿Le saca ronchas? ¿Lo asfixia? ¿Por qué el turista emprendedor se lo quita apenas toca tierra el avión? ¿No se da cuenta que ese es justo el momento en qué más lo necesita?

Otra característica de este afable sujeto es la falta de prevención en todos los aspectos del viaje, nunca premedita sus movimientos y sólo se deja ir como gorda en tobogán, con la corriente. Un ejemplo es el formato migratorio, que lo tiene desde antes de despegar pero empieza a llenarlo cuando sólo queda una persona delante de él para salir.

El shopping… ¡ah, el shopping!

El turista emprendedor llega al avión para iniciar su viaje y ya trae diecisiete bolsas de compras del duty free. ¿En qué momento de la historia se definió que viajar era sinónimo de comprar? Viajar es viajar, comprar es comprar.

Las compras compulsivas de este afano viajero le hace perder varios kilos a su regreso, no por parecer marine en plena guerra del golfo con tantas cosas encima y hace el esfuerzo de cargarlas, sino por lo que suda con el nervio de que le salga el semáforo rojo en aduana..

Incluso sin hacer shopping, se pone nervioso al presionar el botón del semáforo de aduana. No sabe que la única razón para ponerse nervioso es traer cocaína en su maleta o un riñón humano en el equipaje de mano. A menos de que traigas un cultivo de gérmenes o abono de una granja bioquímica, no hay porqué temer. Aflójate tantito.

El turista emprendedor no sabe viajar ligero. Además de todas las compras del duty free y el extranjero, viaja con un guardarropa más grande que el de Marilyn Monroe. El 85% de la ropa que lleva es “por si las dudas”.  El otro 15% son siete chamarras para siete días esquiando, como si la montaña fuera un desfile de modas.

La palabra “optimizar” no significa nada para el turista emprendedor. ¿Por qué carajos empaca 9 calzones si sólo va 5 días? ¿Se caga en los calzones como bebé en pañales? ¿No confía en sus esfínteres? Ve con tu médico de confianza, yo lo haría.


Espera la tercera entrega: “The Traveling Baby Strikes Back”. La odisea de viajar con la descendencia del turista emprendedor. Yo lo único que pido es que si en los cines lograron inventar funciones para ir con bebés, hagan lo mismo con los aviones.

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