viernes, abril 04, 2014

¿Existe Dios?

Es una pregunta que da miedo preguntar. “¿Qué tal que en una de esas existe y me va mal por haberlo negado?

Sin embargo es una pregunta válida. Es más, creo firmemente que toda persona debería hacerse esa pregunta alguna vez en la vida. No como pregunta pasajera que atraviesa la mente mientras estás atorado en el tráfico de Periférico.

A menudo me encuentro inmerso en álgidas pláticas filosóficas y teológicas. Más común aún, me encuentro como el hereje del debate.

Es un tema caliente. Más caliente que la política, el futbol y la eutanasia, porque atenta contra los cimientos que le dan (más bien, le encuentran) sentido a la vida de la gran mayoría.

Conozco a ese Dios. Me es muy familiar. Crecí yendo a la iglesia todos los domingos, en una educación católica desde maternal hasta licenciatura. Si bien no soy teólogo, me atrevo a hablar con –un poco de– conocimiento de causa.

El debate casi siempre sale librado cuando se confunde la existencia de un Dios con una religión. Continuamente la plática se desvía para hablar de las atrocidades de una iglesia o de otra, de las contradicciones de una y de otra religión. Y ahí no hay debate, las religiones son creadas por los humanos y como la misma naturaleza humana, son imperfectas. El argumento de que son creadas por los hombres con inspiración divina no es suficientemente sustentable como para poder estirar el debate. Se acaba pronto y con un consenso mediamente aceptado por los dos bandos.

Pero cuando rebasamos el debate de la religión y se llega al debate de la existencia de un Dios… ¡Llamen a los bomberos, que hay fuego en la sala!  

Decidí sentarme a escribir en el blog, sin chistes anticipados ni fórmulas gastadas, para poder poner en palabras eso que a veces me cuesta trabajo expresar y que se pierde en el calor del debate o queda inconcluso y enterrado cuando la plática se desvía por una de tantas tangentes.

A estas alturas ya nadie se imagina a Dios como Gandalf, un anciano en túnicas y barbas blancas. Lo cual es un gran paso, tan grande como sabernos parte de un cosmos y no el centro del universo, como alguna vez fue pensado.

Pero creo que es un trabajo incompleto. Le quitamos la apariencia humana pero seguimos dándole una personalidad. La palabra lo dice por sí misma: “personalidad” se deriva de “persona”, que filosóficamente expresa la singularidad de cada individuo de la especia humana.

Traduzco al español: dotamos a Dios de rasgos humanos. Incluso decimos sin el menor tapujo que nos hizo a su imagen y semejanza.

Esa frase es cegadora. Tan arcaica como pensarnos al centro del universo, es geocéntrica y soberbia. Nos ponernos a la altura de lo que creemos perfecto. “Somos muy parecidos a él”.

Eso o estamos humanizando a Dios. Entonces lo estamos haciendo imperfecto. Porque lo dotamos de intenciones humanas, le estamos imponiendo una personalidad.

Una personalidad que a veces es amorosa, a veces es celosa y otras, rencorosa. Al inyectar a Dios de personalidad lo estamos humanizando, lo estamos haciendo imperfecto. Dios no podría tener una personalidad porque la personalidad es una expresión de nuestros propios defectos y debilidades.

Si nos ponemos puristas, humanizar a Dios sería faltarle al respecto. Lo estamos llamando imperfecto.

Ok. Creo que ya logré deshumanizar a Dios. Hasta aquí la noción es que entonces Dios es perfecto y por lo tanto –como creador– su creación es perfecta.

En la teología existe un concepto que se llama teodicea. Oliver Burkeman describe la teodicea como el esfuerzo que hacemos para mantener la creencia de que Dios es benevolente, a pesar de la prevalencia  del mal que vemos y percibimos en el mundo.

Si Dios creó el universo y Dios es perfecto, ¿cómo puede permitir eventos como el holocausto o las guerras? ¿Cómo hablamos de un Dios que perdona pero seguimos cargando el pecado original y seguimos expulsados del paraíso? Al existir la maldad, automáticamente estamos aceptando que Dios no es perfecto.

¿Significa que Dios creó a propósito el mal con alguna finalidad? Tal vez, pero representaría una dicotomía con todas las creencias de un Dios amoroso, un Dios de paz, un Dios de armonía. Como humanos, buscamos a Dios para encontrar justo eso: amor, paz y armonía con nosotros mismos y con nuestro entorno.

Entonces caemos en una espiral interminable. Dejamos de buscar la verdad porque decidimos quedarnos en la interpretación que cada quien le da a Dios.

Hace muchos siglos, la ciencia y la filosofía caminaban de la mano, las dos daban pasos agigantados y se contraponían y se complementaban, eso hacía que ambas se cuestionaran a sí mismas y avanzaran.

Algo pasó en el camino y la filosofía se quedó atrás, estancada. Conocemos a científicos que forjaron nuestra concepción del mundo como Galileo, Darwin o Newton. También conocemos a Albert Einstein, a Stephen Hawking y a Neil DeGrasse Tyson, científicos contemporáneos; pero la filosofía se quedó en Tomás de Aquino, en Zenón, Platón, Kant y en Aristóteles, hace cientos de años.

Naturalmente hoy tenemos muchos huecos que cubrir, y naturalmente los queremos seguir cubriendo con interpretaciones, con patrones que no están ahí pero nos encanta forjar como si fueran piezas de un rompecabezas.

Por eso pasamos de creer en la palabra de la Biblia como un hecho real e histórico, a entenderlo como una gran metáfora y la metáfora es interpretación en su estado más puro. Creemos que algunos seres humanos fueron iluminados e inspirados divinamente para escribirlo, pero dejaron mucho a la interpretación… o al peyote.

Si nos reconocemos humanos e imperfectos, por definición podemos asumir que es muy probable que  nuestra interpretación de la palabra sagrada sea errónea.

Todo este choro en los últimos seis párrafos es para decir que no deberíamos ser tan simplistas y dejarlo todo en nuestra interpretación personal.

Hemos hecho un pésimo trabajo interpretando a Dios. Por más que le quitamos las túnicas y las barbas blancas, por más que queremos quitarle la personalidad, seguimos queriendo creer que existe como un ser humano al que le hablas en tu idioma y te contesta.

Por eso le pedimos que sea lo primero que decimos que no es. Cada vez que le rezas le estás pidiendo imparcialidad, le estás pidiendo ser el centro del universo. Pedirle a Dios significa que nuestra expectativa es controlar a Dios.

Tan simple como ver un partido de tenis donde ambos tenistas se persignan al entrar a la cancha, pidiéndole a Dios ganar el partido. Lo que le estamos pidiendo a Dios en ese momento es bendecirnos a expensas de joder al otro. ¿A quién escucha Dios? ¿A Nadal o a Djokovic? ¿Con quién va a quedar mal? La realidad es que con ninguno, porque Dios, como tal, no existe.

Si queremos creer que existe de esta forma, estamos creyendo en un Dios injusto, un Dios solapador, un Dios manipulado. Le rezamos a un Dios que representa la antítesis de Dios mismo. Me dirán pagano y hereje, pero rezarle es lo más hereje y pagano que se me puede ocurrir.

El rezo como mantra, el rezo como introspección o como meditación, es otra cosa. Ese rezo es lo mismo con lo que empecé este texto: es un cuestionamiento interno. Ahí es donde cada persona puede encontrar ese amor, esa paz y esa armonía.

Como dice el Dr. Ichak Adizes: creer que somos libres de desear, pedir y esperar algo es justo lo que nos esclaviza, es justo por lo cual queremos creer en Dios. Porque dejamos la responsabilidad de nuestra vida en un tercero.

Y vamos redondeando la idea. ¿Existe Dios? Después de tanta blasfemia y sacrilegio, respondo lo que tanto me cuesta decir en cada discusión sobre este tema: Creo en lo que, como humanidad, hemos podido corroborar sin interpretaciones. Creo en el Big Bang, creo en la expansión del universo, creo en la formación de las estrellas y creo en las leyes de la física.

Aunque no estén completamente descifradas, encuentro en ellas un panorama que me da paz, armonía y amor. Si estás de acuerdo en que Dios no tiene una personalidad humana, ni acciones o reacciones humanas, terminas con un Dios igual al de la suma de las leyes de la física.

La única diferencia entre ser religioso y escéptico son las palabras que escogemos. L a diferencia entre un punto de vista religioso y una visión escéptica en la que no hay nada en el universo más que materia y leyes físicas es la personalidad de la deidad. Son las palabras con las escogemos para describirlo.

La diferencia está en qué propiedades se le atribuyen a esa fuerza creadora. Por eso no creo en convertir el agua en vino, por eso no creo que Lázaro se paró y caminó, por eso no creo en la resurrección. Por eso no creo en la existencia de un Dios que rompe las leyes de la física y química para cumplir nuestros caprichos y demostrarnos su existencia, como si necesitara justificarse ante el ser humano.

Me maravilla que todo lo que somos y percibimos está hecho de material cósmica, que estamos hechos de otras estrellas que explotaron o colisionaron millones de años atrás. No me maravillan los milagros, que son una forma de magia no castigada por las religiones.


Respeto las creencias, porque las considero un simbolismo para poder entender algo tan abstracto, pero considero que está en nosotros quitar ese adjetivo y volverlas más tangentes y concretas.

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