viernes, diciembre 27, 2013

¿A dónde se va ese calcetín que desaparece y deja el par incompleto?

Hoy, a mis 30 años, perdí mi virginidad con la secadora de ropa. Pensé que su uso sería tan sencillo como el del microondas, pero pronto pude deducir que estaba interactuando un arma militar que no debería estar al alcance de cualquier civil.

Esta pieza de alta tecnología tiene como promesa básica ser lavadora y secadora al mismo tiempo. Es algo así como el gato de Schrödinger, pero en vez de que adentro haya un gato zombie -vivo y muerto al mismo tiempo- hay calzones y calcetines con las mismas probabilidades de estar secos que mojados.

Mi finalidad, gracias a Dios, no era lavar ropa. Era simplemente secarla, ya que este clima decembrino no me permite colgarla al sol como cualquier ser humano decente e ilustrado. ¿Qué tan difícil podría ser?

Muy.

Decenas de opciones en un lenguaje que no logro interpretar. Pronto me aventuré a presionar unos botones por aquí y otros por allá, a girar perillas como si estuviera manejando un transbordador espacial.

La cosa empezó a hacer ruidos extraños, a temblar, y dentro de ella los calzones y calcetines comenzaron a girar. De pronto un chorro de agua sobre la ropa. No. No. ¡No! ¡Mi finalidad es justo la opuesta!

Me aventuré a presionar más botones, esperando que el tiempo en la pantalla no dijera “5 lustros con 4 meses” y se viera algo más sensato como “una hora”, después de todo, cuánto podría tardar en secar un par de prendas. Algunos foquitos cobraron vida, otros se apagaron, y después del tercer intento logré que la pocilga ésta no aventara más agua a la ropa.

Aquí es donde se puso interesante.

El dispositivo interno comenzó a dar vueltas, primero hacia un lado, luego hacia el otro. Se veía inofensivo. Pero pronto empezó a girar intempestivamente. Después de unos minutos de preocupación viendo girar a este monstruo logré descifrar, en el panel de control, que estaba girando a 1,200 revoluciones por minuto. Mi corazón palpitaba cada vez más rápido, tal vez al ritmo de esas revoluciones, a punto de recibir un fulminante infarto al miocardio.

Mi preocupación era real, seguramente algo debe de suceder a esas velocidades, estudié esto en la secundaria. Temí que se abriera un vórtex en la lavandería, un wormhole a otra dimensión. Temí que se generara espontáneamente un hoyo negro y devorara al Sistema Solar acabando con la vida como la conocemos.

Estoy seguro que así fue el origen del Big Bang. Dios echó a lavar sus túnicas blancas y ¡BAM!; las revoluciones de su centro de lavado generaron tal energía que dio origen al universo.

Mientras la ropa seguía girando, cada vez con más fuerza, pensé en llamar al CERN en Suiza; era indudable que ellos podrían haber detectado en ese momento las fluctuaciones de energía causadas por mis chones girando a tal velocidad. Al asomarme por la escotilla para ver mi ropa pude ver con mis propios ojos la creación del Bosón de Higgs.

Por fin entendí qué pasa con ese calcetín que desaparece misteriosamente de tu casa y deja desamparado a su hermano gemelo. Esto no es un centro de lavado y de secado, es un acelerador de partículas que produce suficiente energía como para generar un salto cuántico.


Seguramente ese calcetín impar se encuentra viajando por el tiempo como en aquella serie Quantum Leap (Viajeros en el Tiempo) protagonizada por Scott Bakula y Dean Stockwell; pero en vez de ser una persona, es un calcetín que salta por el tiempo corrigiendo las cosas que salieron mal en el pasado, esperando que el siguiente salto sea el salto a casa.





Video del acelerador de partículas casero a 120 cuadros por segundo, en su etapa inicial:

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