jueves, enero 31, 2013

La Cárcel


Carta de un prisionero:


Entré el 14 de Julio del 2007. Llevo más de cinco años en esta prisión. Al principio, tenía miedo. Era un mundo del que sólo había escuchado rumores pero no conocía a nadie que hubiera estado en un lugar similar. Se decía que la gente aquí refundida era la peor escoria social. Debías ser cauteloso con tu vida al entrar.

Lo primero que hacen a tu llegada es crear tu perfil. Tienen toda tu información y continuamente te están pidiendo nueva. En este lugar, cualquier sentimiento de pertenencia es una fantasía, tú les perteneces.

No existe la privacidad, todo lo que haces queda grabado y puede ser accesado casi por cualquiera. Es como si tus derechos no existieran. Al entrar no tienes otra opción más que aceptar las condiciones y términos que te son impuestos. A partir de ese momento eres parte del sistema.

Al principio buscas algo para poder aferrarte, todo es diferente a cualquier cosa que hayas vivido anteriormente. Empecé cautelosamente a indagar, a buscar personas con las cuales pudiera sentirme relacionado y protegido; es un lugar en el que te debes mover con mesura. Empecé a notar que se hacían distintos grupos o pequeñas comunidades, cada una más rara que la anterior. Les da cierta ilusión de seguridad y sentimiento de pertenencia.

El tiempo pasa muy lento en este lugar, y poco a poco crees que lograrás adaptarte. Cuando crees que eventualmente lo harás, todo cambia. Por naturaleza, este lugar no permite que nadie se sienta cómodo. Es parte de la tortura psicológica que aplican en este infierno para mantener el control, para mantenerte sumergido en este hoyo.

Estar aquí adentro es muy poco productivo, así que encuentras el ocio con lo poco que tienes a la mano. La mayoría pasa las horas escribiendo en los muros. No son grafitis como tal; algunos se ponen artísticos, otros incluso escriben poesía. Otros simplemente ponen lo primero que les viene a su divagada mente, mientras otros nada más cuentan los días. Los muros están saturados de mensajes carentes de sentido alguno.

A final de cuentas, todo lo que se plasma en esos muros son gritos de atención. Quieren ser escuchados y correspondidos, los hace sentir parte de una comunidad que sólo existe en la imaginación del colectivo social en esta prisión, muy alejado de la realidad allá afuera. La gran mayoría de los mensajes en estos muros pasan desapercibidos, esos gritos de atención se hunden en el olvido cuando alguien más escribe uno sobre el anterior. Son tantos que ya no se entiende nada.

Constantemente te sientes abrumado por la insistencia en andarte preguntando “¿Qué estás haciendo?”, como si realmente les interesara, además, ellos mejor que nadie saben que no estás haciendo nada. Simplemente estás sentado ahí, mientras la vida pasa en el exterior y tú estás refundido en esta prisión.

Hay todo tipo de personas aquí adentro. Puedes identificar a los que están aquí por accidente; hay otros que parecen pertenecer a este lugar y se mueven como peces en el agua. Los hay graciosos, religiosos y agresivos, pero le tengo especial pavor a los acosadores. Son tormentosos. Siguen cada paso que das, saben todo de tu vida, de tus familiares, tus gustos y preferencias. No sabes qué harán con tanta información tuya, pero la tienen y cada día rezas porque no sea ese día el que la utilicen en tu contra o te intimiden.

De algo estoy convencido: En esta prisión Dios no existe. No son terrenos donde él no tiene injerencia. Tal vez por eso mismo es que tantos se aferran a él y lo buscan en cada rincón. Cada que pueden comparten su palabra, son una especie de fanáticos religiosos. El vacío que les crea este lugar lo rellenan con la palabra de Dios. Aunque sirve de poco… de muy poco.

Hay muchas carencias en este lugar. De vez en cuando alguien logra meter algo de contrabando, pero las políticas de esta prisión tienen prohibida cualquier cantidad de cosas. La línea de la legalidad es muy borrosa y ante la duda te lo prohíben y te lo quitan, así sea para consumo personal y no busques lucrar con ello.

El único destello de privacidad ocurre cuando puedes tener una conversación privada. No sucede de manera natural como lo harías allá afuera… no. Aquí adentro tiene que ser a través de pequeños mensajes personales que logras enviar de vez en vez. El problema es que no puedes tener la certeza de que sean tan privados como quisieras y han metido en serios aprietos a más de uno.

Este lugar está lleno de adictos; por lo mismo hace un par de años se implementaron una especie de granjas. Esas granjas para adictos que realmente son infiernos donde la gente cree por un breve momento que encontrará paz pero sólo encuentra esclavitud. Estas granjas se aprovecharon de la vulnerabilidad de muchos, era una prisión adentro de otra, donde te exprimen y te hacen más adicto de lo que ya eres, todo con la finalidad de mantenerte bajo control.

Eventualmente, por la barbarie que provocaban, las granjas se salieron de control. Algunos comenzamos a levantar la voz pero de poco sirvió. Hoy se sabe poco de ellas pero no significa que hayan desaparecido. Todos los que estamos aquí adentro sabemos que aún existen, aunque se hable poco.

Lo peor son los toques -sea lo que sea que eso signifique-; es parte de la jerga que se utiliza en este lugar. No te libras de los toques; no sólo en el baño, en cualquier lado. Es muy incómodo e intrusivo, pero estás tan sometido que aprendes a vivir con eso día a día. No hay nada que puedas hacer al respecto, quien los aplica lo hace a su antojo y lo hace para demostrarte su poder y autoridad sobre ti.

Así es vivir en esta prisión. Son ya casi 6 años de estar aquí refundido. Las cosas que parecen inconcebibles las empiezas a tolerar. Poco a poco olvidas cómo es la vida allá afuera; esto es lo único que conoces ahora y lo empiezas a aceptar y a digerir.

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