lunes, abril 25, 2011

…y después del ejercicio, un baño de incomodidad

El gimnasio. Se podrían escribir evangelios y enciclopedias al respecto. Un submundo donde el físico lo es todo y el intelecto es nulo.

Del gimnasio podemos decir muchas cosas: Podemos hacer tratados acerca del coach en esteroides que se siente dueño del terreno y transpira esteroides; podemos escribir una biblia sobre los fatídicos ligues cubiertos en sudor, o podemos hacer una tesis acerca de la música que ponen en el área de pesas y en las clases de spinning.

Pero de todos los rincones que conforman un gimnasio, hay uno en especial que  desafía a la teoría evolutiva Charles Darwin y muestra al ser humano en su estado más primate: El baño.

Ese recoveco esconde los secretos mejor guardados de cada sexo. Como guarida custodiada por la persona que entrega las toallas, en las regaderas se platican los temas que son tabú para el sexo opuesto; aquellas conversaciones que sólo conocen los que tienen un pene, y aquellos temas que sólo son sabidos por aquellas con vagina.

El baño de un gimnasio está conformado por regaderas, vapor, vestidores, espejos y banquillos que guardan celosamente las actitudes y los diálogos que ahí florecen. Es el “lavadero del chisme” por excelencia. Un lugar donde convergen las lociones más finas y las más repugnantes, para formar en conjunto un hedor endémico que sólo puedes encontrar en ese lugar.

La experiencia de sobrevivir a los baños de un gimnasio no comienza ahí, sino desde casa. El éxito o el fracaso de la experiencia vivida en el baño del gimnasio, comienza desde que uno hace su maleta para ir a ejercitarse al día siguiente.

El Alzheimer es el primero en cobrar víctimas, aquel momento en que te dispones a vestirte después de hacer ejercicio y te das cuenta que algo falta: calcetines, corbata, calzones limpios o tal vez el cinturón. El Alzheimer es selectivo; por alguna extraña razón nunca olvidas los pantalones o la camisa, siempre son aquellos aditamentos que parecen poco importantes hasta que no los tienes a tu alcance.

Probablemente terminarás pasando tu día en la oficina con zapato negro y calcetín blanco (y sudado) al estilo Michael Jackson, o deteniendo los pantalones con las manos al estilo del señor Barriga por falta de un cinturón.

Pero de todas las cosas que puedas olvidar en tu maleta para el gimnasio, ninguna es tan esencial y causa tanta frustración como las chanclas. Cualquier otro aditamento olvidado tiene -de cierta forma- remedio; pero las chanclas son el único artilugio que puede causar severos problemas a la psique del involucrado.

No hay peor tortura y sufrimiento que tener que caminar descalzo hacia las regaderas. No hay peor sentimiento que el del azulejo del baño en la planta del pie y pensar que la persona anterior a ti se meó en ese lugar; y no sólo se meó. También ahí se quitó la mugre y el sudor del cuerpo y escupió, y ahí estás tú indefenso, parado y en contacto directo con toda esa inmundicia.

La intimidad y partes privadas son el tema más controversial de un baño de gimnasio. No puedo hablar por el sexo femenino porque las únicas veces que visité el baño de mujeres –y mi reputación cambió- fue cuando tenía escasos 4 años y entraba con mi mamá; pero en el baño de hombres sucede una cosa muy extraña: Se le da demasiada importancia a no darle importancia a los miembros de otros.

Se intenta ser tan natural y relajado al respecto, que resulta ser lo menos natural y relajado.  Todo mundo va con la cara en alto, pero no es por lo orgullosos que están de sus atributos, sino por evitar a toda costa mostrar que su vista se detiene en el pito de otro colega.

Los pito-chico pueden estar tranquilos porque nadie les dirá: “¡Mira, pero qué pito tan chiquito tienes!” Porque eso sólo desenmascaría al señalador como un mirón.

Los baños de los gimnasios parecieran descomponer el interruptor de volumen en las cuerdas vocales de las personas. Los decibeles altísimos hacen imposible no enterarse de todo lo que los sujetos presentes tiene que decir, sin importar si estás interesado en la conversación o no.

La plática, pese a todo lo que creen las mujeres, poco o nada tiene que ver con ellas. Se habla de autos, se cuentan chistes, se comenta de fútbol, se quejan del trabajo, pero las mujeres son el tema menos discutido en los baños de hombres en un gimnasio. Mi teoría apunta al “entusiasmo” que algunos pueden dejar entrever al hablar de mujeres. Nadie quiere ser efusivo con el tema y mostrar fácticamente que son heterosexuales.

La plática nunca cae en temas profundos y de trascendencia. Todos saben que la plática no va a prosperar por más de 5 minutos, así que principalmente se habla de tópicos abundantes en pendejez y superficialidad. La plática sólo existe para llenar un hueco de silencio incomodo que denota la inseguridad de estar encuerado entre tanto homo erectus.

Una de las cosas más incómodas es encontrarte con alguien conocido, pero especialmente con un co-worker. La relación en la oficina nunca será la misma después de haberse visto desnudos en las regaderas. No importa cuánto disimulen y se hagan los cool: Siempre afectará la relación laboral y nunca volverá a ser igual después de verse los pitos y saben de cuál “calzas”.

En el área de lavabos y espejos puede observarse algo similar al escaparate con maniquíes de una tienda departamental. Cada lavabo es ocupado por un individuo totalmente distinto al prójimo que se encuentra a su derecha.

Frente al espejo está el Danny Zuko, ese que necesita 45 minutos para dejar su cabello peinado justo como para que parezca que no le dedicó ni 5 segundos y sin embargo se vea como revista de modas. También encuentras al Godinez que se anuda la corbata por séptima ocasión sin lograr que quede a la medida exacta, por lo cual desiste y se va con la corbata hasta el ombligo.  

En otra parte del espejo encuentras al metrosexual que se delinea la barba con el rastrillo con tal delicadeza que pareciera estarle depilando las nalgas a la Princesa de Mónaco. Le sigue aquel que se cepilla los dientes como persona normal hasta que decide tallarse la lengua y mete el cepillo hasta la tráquea, provocando sonidos guturales y abdominales propios de un borracho en la acera.

Tal vez el último rincón en el baño de un gimnasio donde me gusta estar, es en el vapor. Ahí se concentra la mayor cantidad humedad y la mayor cantidad de estupidez. La estupidez pareciera ser una especie de hongo que se propaga con mayor velocidad en ambientes acuosos.

Al entrar por esa puerta que delimita las regaderas del vapor, uno se encuentra con un desfile de morsas gordas amarranadas en cada rincón disponible. Cada morsa tiene un brillo característico formado de la mezcla de sudor con agua saturada.

Es extraño. Encuentras a estos mamíferos con chanclas para cuidar sus lindos pies, pero se sientan butt-naked sobre las bancas de piedra, donde dos minutos antes se sentaba otro manatí que sudaba su culo a cántaros.

Dentro del vapor, uno encuentra personas respirando con dificultad –más por obesos que por el vapor mismo- leyendo un periódico mojado que ha pasado de generación en generación desde que alguien lo dejó ahí en el primer turno de la mañana.  Ocasionalmente se vislumbra una pelea pasiva por el nivel de vapor; mientras uno le baja a la potencia, el otro le sube. Esto se repite continuamente hasta que el macho alfa de la manada logra imponer su ley y el otro sale por la puerta, combatido y visualmente molesto.

El mundo de los baños de gimnasio es el más complejo de todos los submundos del ser humano. Pone a prueba sus habilidades y su ética, su moral y su capacidad de respuesta. Pero a final de cuentas siempre será un lugar que por más que intentemos dominar, acabará siendo más fuerte que nosotros; o como dice Salvador Leal: En los baños de los gimnasios hay una mezcla de inmadurez y testosterona que de plano no entiendo.

2 comentarios:

Daniel dijo...

He sufrido muchos de los temas que comentas y por eso solté una carcajada jajaja

Huatch dijo...

jajaja... es triste reirse porque nos sentimos identificados y desearíamos que no lo hubésemos vivido.

gracias por leer.