martes, marzo 22, 2011

Servicio Social

El concepto tan abstracto de “ayudar al prójimo” es como un alma sin cuerpo, no tiene forma, peso ni tamaño… Como un alma, necesita de un cuerpo para sobrevivir, en las escuelas lo llaman Servicio Social.

El Servicio Social en el sistema educativo se ha convertido en el grillete que impide a un alumno titularse de la carrera profesional que estudió durante más de cuatro años.

Como muchas de las actividades que nos rodean, la idea del Servicio Social es buena. En teoría pone al individuo en contacto con los más necesitados para brindarles un poco de lo que ha recibido en enseñanza y experiencia, y esta interacción genera una riqueza de aprendizaje que va en ambos sentidos

Todo suena muy romántico en papel, pero al igual que en todos los recovecos de este país, el problema sale a la luz porque somos expertos en elaborar teorías, pero no somos capaces de aplicarlas… O como diría la abuela Chonita: “Del dicho al hecho hay un gran trecho”.

Algo sucede en la configuración de nuestra cultura que ideas llenas de buenas intenciones acaban cubiertas en una filosofía diferente a la original; terminan siendo focos de poder y autoridad que promueven los malos manejos y hasta la corrupción.

¡Es la coartada perfecta! Como la filosofía y la razón de ser del Servicio Social son de carácter puro y santo, logran estirar la liga de más para realizar actividades que, de no ser un servicio social, estarían en la mira de las instituciones que lo promueven.

Los alumnos, indefensos y sin ser un gremio que se pueda defender, caen en la semi-esclavitud del Servicio Social, quienes son explotados y reciben un trato similar al señalado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Por supuesto esto no es una regla, pero sí una mayoría.

Recuerdo la primera vez que tuve que realizar Servicio Social en preparatoria. No se me permitió escoger un proyecto que me inspirara, que fuera de mi interés y donde pudiera ofrecer mis habilidades. Por dedazo se me designó ir todos los sábados y domingos en la mañana al Bosque de Chapultepec a recoger basura. Como decíamos en aquel entonces: Íbamos a consentir a los nacos (entiéndase por ‘naco’: persona sin educación cívica mínima que tiene los huevos de tirar basura en la calle, parques y lagos, en vez de en uno de los botes de basura que encuentras cada 5 metros en esta zona de la ciudad de México).

Los meses transcurrían y cada mañana de los fines de semana llegábamos a una oficina burócrata en el Bosque de Chapultepec  con tres pelafustanes, quienes nos dotaban de guantes de electricista y una bolsa equivalente a 4 bolsas de basura regulares. Firmar las horas del Servicio no era cuestión de que pasara el tiempo, sino de que llenáramos dos bolsas a tope cada día.

La experiencia era por demás desagradable: Botellas con pipí y otros líquidos poco identificables, toneladas de envases de naranjada Bonafina, materia en descomposición y olores azufrosos. Nuestro servicio social era un Servicio Social. No estábamos prestando un servicio a la sociedad, estábamos ocultando el problema verdadero. Debiéramos estar generando programas de concientización en vez de estar recogiendo basura, pero servíamos más como mano de obra gratuita.

Con el paso de los días un rumor fue corriendo. Voces murmuraban entre nosotros, los recolectores de desperdicios. Se decía, pero nadie sabía quién, que por cada $20 que pasaras con tu carnet a sello, mágicamente se te abonaba una hora más de servicio. En cuestión de días el 80% del batallón había terminado su Servicio Social, era cuestión de romper el cochino y aflojar el fajo de billetes a la persona indicada.

Al año siguiente, aquella generación que había recogido basura en Chapultepec se armó de valor y decidió proponer su propio Servicio Social para evitar estas injusticias. Se llegó democráticamente a la decisión de ayudar a un par de escuelas públicas que se encontraban en condiciones precarias. Dos veces a la semana iríamos a dichas escuelas a reparar pupitres, pintar paredes, arreglar tuberías y llevar material didáctico. El proyecto seguía sin cubrir la verdadera necesidad –educar- pero al menos nuestro trabajo brindaba mejores herramientas para que la institución en cuestión pudiera ilustrar a las mentes del mañana.

Trabajábamos como los Enanitos de Blanca Nieves, silbando una canción mientras sudábamos la gota gorda mientras la Directora de la escuela se dedicaba a insultar por el “deficiente” trabajo de algunos y a exigir como si tuviera la autoridad moral y legítima para demandar algo que le había caído como del cielo para dicha institución. Al final, el trabajo de todos los que cumplimos con el Servicio Social había logrado cambios importantes, sin embargo la Directora comenzó a sentir pelos en la azotea cuando vio que se le acababan los días de dictadora, comenzando a señalar cosas que faltaban por reparar que estaba bien y a amenazar con no firmar las horas de servicio a menos de que trabajáramos días extras a lo acordado.

Historias hay muchas, de cada año que transcurrió, unas mejores y otras peores; pero siempre reinó ese sentimiento de estar haciendo sin estar realmente ayudando. Beneficiábamos a unos cuantos que no necesitaban ayuda, mientras enfrente de nuestros ojos pasaba la verdadera necesidad, ignorada.

He escuchado a gente que entra en una institución a cumplir con su Servicio Social y se le prohíbe el contacto con las personas que se intenta ayudar, se le delegan actividades administrativas que poco tienen que ver con un servicio social. En pocas palabras, lo ponen a chambear sin paga.

Es un tema recurrente que las instituciones no cumplan con lo acordado. Te venden falsas expectativas sobre la actividad que vas a desarrollar y acabas haciendo algo diferente, sin sentido, que le soluciona el problema a la institución, pero no a quienes supuestamente ayuda.

Te tienen –con un fino léxico- agarrado por los huevos. Ellos son dueños de la liberación de tu carta, y te exigirán trabajo extra, te empujarán hasta las últimas consecuencias con tal de recibir tu ayuda gratuita por más tiempo.

El Servicio Social dista mucho de ser un servicio social, el implicado brinda un servicio gratuito sin eso significar que dicho servicio es en pro de la sociedad.

Por mi parte, dejé de creer en él hace mucho, al menos como se conoce popularmente. El verdadero servicio social es el que cada uno aporta a su entorno. No todos los servicios sociales deben ser a los estratos necesitados, la economía no es la única razón que define a quien necesita ayuda.

2 comentarios:

Anonymous dijo...

Otra cosa sería del concepto de servicio social si no me hicieran pagar por él,y tuvieran en las instituciones un plan de trabajo.
@valeriAaA

Huatch dijo...

Estoy de acuerdo... ¡Además te lo cobran!