miércoles, julio 23, 2008

Harakiri Cabelludo

¡La sobremesa mexicana! ¡Qué gran forma de empezar este texto! Cuántas anécdotas… Cuántas historias…

Ayer, en una inusual cena en martes, las máximas filosóficas de la sobremesa hicieron su acostumbrada aparición, y como suele pasar, un tema fue llevando a otro hasta llegar al complejo mundo de las estéticas y las peluquerías.

Persona que tiene por oficio peinar, cortar el pelo o hacer y vender pelucas, rizos, etc.” esta es, según la Real Academia Española, la definición de peluquero… ¡Y me aventuro a discrepar!

Un peluquero es más que eso... Un peluquero es un champurrado (gracias Moni, por prestarme tu palabra) de oficios que se conjugan en un solo ser y generalmente nos cuesta trabajo definir su sexo. Si ponemos en una licuadora a Walter Mercado, a Fran Fine -la niñera-, a Isabel Martínez “la tarabilla”, a la Jitomata y la Perejila, y les ponemos un toque de Jorge Ortiz de Pinedo y Juan Gabriel… Creo que eso sería una mejor definición de peluquero.

El peluquero no sólo tiene el oficio de cortar el pelo; es un confidente, es prácticamente el Querido Diario de todas las personas que humildemente se sientan en esas sillas de dentista con un babero lleno de pelos foráneos.

No importa cuánto te mentalices a sentarte y leer el TVyNovelas de 1995 donde Pácatelas era el programa más visto por los mexicanos; siempre acabas contando tus más íntimos secretos y fobias a esa persona que está a punto de cambiar tu personalidad con unas tijeras.

En el momento en que el paciente (más impaciente que otra cosa) se entrega a las manos del estilista, todo su poder de decisión y su status de “el cliente siempre tiene la razón” pasan a tener un grado minúsculo de importancia. No importa si sólo querías casquete corto o una despuntadita… En el instante en que empieza a mojar tu pelo con ese aspersor verde fosforescente, tus poderes son nulos hasta el instante en que te sacude el cuello con la brochita café y pone detrás de ti un espejo roto donde tu respuesta automática será asentir, fatigado y desahuciado por lo diferente que ha dejado tu personalidad con ese corte de cabello.

Cualquier otro oficio respeta tu lugar como cliente: el carpintero cambiará el barniz de ese buró hasta que quedes satisfecho, el plomero hará todo lo necesario hasta que esa fuga no saque ni una sola gota… ¿Porqué el peluquero no? ¿Porqué él decide qué hacer contigo? Simplemente te conviertes en su pelele en un abrir y cerrar de ojos y todos tus derechos quedan relegados al mismo nivel que los derecho de un escarabajo.

El método de instigación comienza desde que tus manos quedan debajo del babero blanco que colocan en tu cuello. Tu sumisión se acrecienta cuando su mano toma tu nuca y dirige tu cabeza a placer para poder manejarte a su gusto… ¡Tan fácil sería que te dijera “agacha la cabeza por favor”!

Nadie sale feliz de la peluquería, todo mundo sale con cara de violado de ese lugar… Te han quitado tu poder, tu pelo, tu imagen, tu seguridad y tu autoestima con 2 tijeterazos. Eso sí, sales con conocimiento de cuántos hijos de su hermana mantiene, sus rollos amorosos, la historia de cuando se salió de su casa y hasta con invitación a su boda (dato verídico).

Es inevitable generar una relación sentimental con el peluquero en turno, al día siguiente le llevarás de pasada alguna película de la que hablaron durante el harakiri cabelludo o un libro que trate sobre una novela que te recordó su intrigante historia.

En algún momento pensaría que su trabajo sí es brillante y lo único que nos sucede es la falta de costumbre al vernos al espejo con ese look. Pero mi esquizofrenia se ve confirmada conforme te presentas enfrente de la sociedad y el comentario común es “¿Qué te hiciste?” en vez de “¡Qué bien te ves!”.

Esta experiencia rica en violación de los derechos humanos sólo puede ser evitada si te dejas rastas o consigues que un familiar o tú mismo hagan el trabajo. Tal pareciera que encargarle dicha odisea al peluquero significara pedirle a Miguel Ángel pintar la capilla sixtina, porque los estilista no se cree estilista… se cree artista. No pueden asimilar la idea de que es sólo pelo, no pintura ni barro; no es un material con el que puedas generar una obra de arte, sólo puedes peinarlo.

Dentro de esta burbuja en la que se desenvuelven, creen que además de artistas son divas hollywoodenses… Al majestuoso estilo del Rey Midas, creen que todo lo que tocan se convierte en oro, y bajo la premisa de utilizar nombres derivados de un bizarro italiano, deciden que “Juan el peluquero” se convierta en “Angelo el estilista”.
Pero más allá de que el peluquero te lea el tarot y te diga tu signo zodiacal de la semana, desearíamos que todo fuera como el pelo, que con el tiempo vuelve a crecer y no deja heridas ni cicatrices, y no deja de ser sólo un mal recuerdo que durante quince días te persigue en el espejo, pero una vez que vuelve a crecer, tu personalidad y autoestima regresan a los niveles que tenían antes de pisar el monasterio del harakiri cabelludo.

6 comentarios:

gerylico dijo...

lo triste del caso es cuando te vuelves tu propio estilista y la cagas... dos veces!
si quieren saber más del asunto, pasen por mi blog, que yo todavía no me repongo de la tristeza y no podría volver a contarlo...

Anónimo dijo...

soy tu estilista. y como siempre digo, lo único bueno es que por mas que te tuse, el pelo siempre crece, aquí las descripaciones de la Real Academia española

Tusar
1. tr. Am. trasquilar. (a veces lo he hecho)jejej
2. tr. coloq. Arg., El Salv. y Ur. Cortar el pelo a alguien.
3. tr. Arg. y Ur. Cortar las crines del caballo según un modelo determinado.
PD: YA PRONTO TE TOCA UNA PELUQUEDA. TU ESTILISTA DE CONFIANZA

Javier Manzanera dijo...

Yo por eso no visito una peluquería desde 1998. Es mucho mejor cortarte el pelo tú mismo. Tú tienes una idea más clara de cómo lo quieres y la verdad te vuelves experto muy rápido. Y si queda un poco mal, ¿qué más da? De todos modos si fueras a una peluquería saldrías insatisfecho, y al ser tu propio peluquero tienes todos los días subsecuentes para afinar detalles que vayas notando.

Juan Manzanera dijo...

Mi hermano es sabio al cortarse solo el pelo.
Hay gente que le tiene fobia al dentista, yo al peluquero. Lo peor esque es de suma importancia para mi trabajo que me corte el pelo. He estado muy tentado a hacerlo solo, pero creo que lo haré muy mal. No lo sé, pero una solución tengo que encontrar pronto

Juan Pablo a.k.a. "Huatch" dijo...

Pinche Juan, dile a Javier que te lo corte! jajajaja

monch007 dijo...

Con todo gusto te presto champurrado, qué palabra. En efecto, esa cena me dejó traumada a mí también. Por aquello de que salgamos todos con cara de recién violados. Además, te faltó escribir acerca de los cinco millones de productos que te enjaretan (así como pasan de Juan el peluqero a Angelo el estilista) de ser gel igual al moco de King Kong o simple Alberto VO5, le ponen mouse voluma rizos o el remedio casero que hacía tu abuelita, lo meten en una botella que dice Kerastase y creen que con eso no siguen arruinándodte el pelo. Y lo peor... que digan cabello!! Aunque sea correcto, NO ES LO QUE SE USA.